miércoles, 16 de abril de 2008

Hojas rojas para Bernhard





























Idas y venidas a través de Grinzing, población a mitad de camino entre un pueblecito idílico y simple tierra de nadie a las afueras de Viena. Después de preguntar varias veces el camino al cementerio llegaba siempre al mismo lugar. Las indicaciones se repetían mecánicas: pasada la iglesia a la izquierda.

La calle era empinada y la acera estrecha, y me parecía ser la única persona que se movía de todo el pueblo, quizá porque no sabía adónde iba. El viento, cortante y frío me devolvía hacia abajo, cuando pasada la iglesia no encontraba ningún camino a la izquierda. Las paredes de las casas se me acercaban cada vez más. Si sigo sin encontrar el camino las paredes acabaran tragándose el resto de acera que queda, y con ello también yo desapareceré, pensé. Madrid 1981-Pared de Grinzing camino del cementerio 2007. Completamente lógico. Lo ilógico sería bajar y subir la calle eternamente, preguntando periódicamente por el cementerio y recibiendo las mismas indicaciones, ya que si algo tenía claro es que quería llegar.

En una de estas bajadas y superando un envite de la pared que ya veía cercana su presa, tropecé con algo. Al girar vi que era una rueda de bici que sobresalía de un pequeño callejón que se ensanchaba a lo lejos y que por supuesto lo había pasado por alto. No era exactamente pasada la iglesia pero había que probar algo. La cuesta era más empinada aún, y la fui subiendo trabajosamente. Iba llegando al final, el viento soplaba con fuerza y se agarraba a la garganta. Todo era gris y estaba en Grinzing, casi que no hace falta decir más. De repente, me acordé del lema de Bernhard en "El sótano": Immer in die entgegengesetzte Richtung- Siempre en la dirección opuesta.

Alcé la vista y vi algo brillar. Los últimos rayos de sol pasaban a través del callejón y parecían detenerse en unas hojas rojas que crecían junto a un muro. A punto de morir y dejarse caer en cualquier golpe de viento resplandecían, ofreciendo al mundo el fulgor de una belleza tardía, que sólo es plena en el umbral entre dos mundos. Cogí una que ya estaba desprendida sin saber por qué y me entretuve mirándola el resto del camino. Llena de imperfecciones había llegado a ser perfecta. Otra cuesta me condujo al cementerio y allí pude ver los puestos de flores alineados junto a la entrada. Deambulé por el cementerio solitario un tiempo impreciso sin encontrarme a ninguna persona.

Cuando ya había tomado la decisión de desandar el camino y preguntar a la vendedora de flores dónde estaba la tumba, un ruido a mis espaldas me sobresaltó. Ante mis ojos, una especie de tractor en miniatura lograba abrise paso por un sendero diminuto y desdibujado por el tiempo. Lo conducía un hombre de mejillas sonrosadas que se afanaba cambiando marchas para salvar la pendiente y poder llevar el cargamento de tierra a su destino. Cuando llegó a mi altura le pregunté educadamente si me podía decir en dónde estaba la tumba de Bernhard. Me respondió que lo siguiera ya que iba a pasar por allí. Así empezo una pequeña comitiva encabezada por el mini-tractor, el amable hombre de campo de mejillas sonrosadas y yo. La máquina ronroneaba llevando un ritmo lento pero seguro, heredero de tantos días de trabajo sencillo pero feliz.

Dejamos la sección VI, y el hombre me indicó la hilera en la que se encontraba la tumba. Fui pasando tumbas y mausoleos a cada cual más barroco hasta que vi a lo lejos un montón de tierra cubierto con cientos de hojas. La tumba más sencilla del cementerio. Tierra y hojas, y una inscripción semi-escondida con dos palabras: Thomas Bernhard. Me la quedé mirando un buen rato. Solo en tierra extraña, ante alguien que me había enseñado que hay que mirar para pensar y no al revés, que la vida no tiene sentido pero quizá sí tu vida, que siempre hay que ir en la dirección opuesta, ir al bosque, adentrarse profundamente en el bosque, confiarse totalmente al bosque. Bosque, monte alto, tala, de eso se ha tratado siempre.
Mirando hacia abajo me di cuenta de que agarraba la hoja roja con mi mano. No me había dado cuenta de que aún la llevaba desde que crucé la entrada. Entre cientos de hojas verdes deposité la hoja roja justo en el medio de la tumba. La hoja había encontrado su lugar en el mundo. Yo me alejé de allí, un poco más cerca de él.

2 comentarios:

lf dijo...

Días y letras para llegar a este texto, que meses después del suceso, bien ha madurado. Felicidades y bienvenido.

Noe dijo...

Y al sentir cómo la hoja rozaba por primera vez la piedra fría de la lápida, encontrando, como dices, su lugar, todo comenzó a cobrar sentido.

Un abrazo.

Noelia
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