miércoles, 31 de julio de 2013
El otro lado del espejo
Todo empezó para mí hace mucho tiempo. Llevaba cuatro meses jugando al juego del go en el único club de Madrid y, después de ocho años jugando la liga, buscaba un cambio, el reflejo diferente de uno mismo en otro espejo. El nuevo laberinto era fascinante, diferente. Los grupos de piedras han de permanecer unidos, conectados para vivir. El tablero se llena en el go, en ajedrez se vacía. Me convertí en mi doble, lo que siempre he querido ser. Sin dejar el ajedrez por completo, fui al club de go, hice nuevas amistades y aprendí a manejar los palillos en restaurantes orientales. En el go todos se burlan del ajedrez aunque en realidad les gusta. Pero son pocos, muy pocos. Como niños, buscan llamar la atención del gigante pinchándole en los tobillos y hablando entre ellos del go como cuatro tableros de ajedrez, del go como juego más antiguo y de que la profundidad de cálculo de cualquier supercomputadora no puede derrotar a los humanos. El gigante duerme plácidamente y los pinchazos en los tobillos acarician su sueño y pliegan su boca en una sonrisa, mientras su mente calcula variantes imposibles y se pasea por partidas que nunca se jugaron.
En mi retiro apenas hay torneos de go, la competición no es tan importante y puedes ir subiendo niveles cuando el maestro Mikami, un japonés que lleva más de cuarenta años en España y te puede hablar hasta de los serenos, crea que estás preparado. Con estos antecedentes la pregunta es: ¿por qué entonces acabé este domingo peleando contra una dura rival, sintiendo la adrenalina de los apuros de tiempo mutuos en posición igualada, 30 segundos para ella, 40 para mí? ¿No habría sido mejor fortalecerme en medio de un lago plácido mientras el go crece en mí, como el helecho al resguardo de la corriente?
La respuesta es simple. El go es un haiku, y su belleza has de contemplarla mirando desde el otro lado del espejo de Alicia; pero en el ajedrez tú eres Alicia.
La mañana se desata sobre la ciudad y yo llego tarde. Cualquier objeto de mi cocina se retuerce inquieto gritando: ¡División de honor! ¡Primera jornada! Y yo, que he empezado la mañana con mucha parsimonia, me abalanzo contra las escaleras de mi casa y empiezo a correr por la calle Alcalá, buscando ser la Alicia que un día perdí entre sueños.
Al llegar, me espera Bohigues que ha venido a animar y a asegurarse de que todo funcione a la perfección. Rafael aún no ha llegado. Todos nos sumergimos en nuestro tablero y las fuerzas invisibles con que las piezas se atraen y se repelen empiezan a desfilar ante nuestros ojos. Los estallidos de energía que suelten en medio de su interacción serán la clave de nuestro destino. ¡La ronda empieza!
Y con cada partida que uno juega en división de honor uno se da cuenta de lo mucho que se puede mejorar, de la finura de las jugadas, y de cómo te pueden apretar finales con ligerísima que en otras divisiones se considerarían igualados. No mata el voltaje como en otras divisiones, en donde con un par de escaramuzas se resuelve todo. Es la intensidad, la presión continua de jugadas duras e incómodas la que decide el resultado. "¿Cuánto puedes resistir?" es la pregunta que cada uno se hace a sí mismo cuando juega este tipo de partidas. ¿En dónde está el ángulo de reposo que permita que la estructura que estoy creando en esta mañana de domingo resista todo tipo de embates? ¿Cuándo descansaré sobre ese ángulo y miraré con añoranza mis partidas mientras juego al go sin presión o recorto bonsais en mis ratos libres? La respuesta es: nunca.
Y nuestro yo aventurero brinca de alegría al escuchar cómo retumban los ecos de este "nunca" en las paredes del Café Comercial. La mañana se llena de historias y de gente que busca su sitio en ellas y yo corro nuevamente por la calle Alcalá, y corro al centro de la ciudad, sin detenerme, sin pensar en nada, y corro feliz hacia el centro de un tablero, hacia el corazón de un equipo que vive un sueño.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Sí... Eso es justo lo que me pasa, Bohumil
"Cuando tienes resaca, de golpe te acuerdas de lo que ha pasado la noche anterior, los planchazos y las meteduras de pata que has cometido, la gente que has insultado, la cantidad de tonterías que pronunciaste y los secretos sobre ti mismo que soltaste, y entonces no tienes ganas de seguir viviendo; sólo cuando tienes resaca y piensas en el suicidio, de golpe se te ocurre la frase escondida... ¿qué será de ti? ¿Y sabe qué?, ahora pienso que incluso lo de escribir es mi defensa contra el suicidio, como si escribiendo me escapara de mí mismo, escribiendo quizás podré contestar a la pregunta... qué será de mí, quién era y quién soy ahora mismo".
Bohumil Hrabal.
domingo, 6 de mayo de 2012
miércoles, 7 de marzo de 2012
Predecesores: la lucha por la luz
"Soy el organizador de lo incierto, de lo híbrido, de lo crepuscular, del sueño: el sepulturero de la vieja Austria".
Alfred Kubin
Otro precursor de Kafka. A ver si despiertas de tu sueño eterno, Franz, y echas de tu templo con cajas destempladas a tanto fariseo con la etiqueta de tu maestro y, ya de paso, te llevas por delante a tanto crítico español experto en Shakespeare o Cervantes, aspirante a gordo judío en calcetines rojos y que, con una pierna apoyada en el antebrazo de su sillón favorito, farfulla un discurso sobre los ángeles bíblicos, sin saber ni siquiera que su existencia está rota, como roto está el botón inferior de su camisa, y cuánta diferencia entre él y el botón desprendido, el escritor al vacío, alejado de la puntada que le haga igual a los demás, que le aparte de la soledad del astronauta que gira y gira en el espacio a tres mil millones de años luz, y que abre mucho los ojos, como se dice que hacen los niños indios de ojos muy negros cuando remueven los escombros y caen rupias enterradas por brahmanes, meteoritos del cielo los llaman, pues así contempla el astronauta las explosiones de las supernovas, y así mira Kafka la lámpara de su habitación, en una oscuridad completa, y es que aunque es un oficinista gris con ojeras y su posición, reclinado sobre la mesa, no cambia durante horas, a su alrededor bailan polillas, el ojo humano no las detecta, seres de luz revolotean alimentándose de sus entrañas para crear un resplandor que parece oscuridad, ¿verdad que sí? Por eso su obra es tan oscura como la galaxia, y su cuerpecillo la antimateria, y por eso casi estamos a punto de preferir al gordo judío neoyorquino, nos da más seguridad con su grasa y sus diez mil libros ordenados en anaqueles que solo limpia su mujer, porque él está tan atareado con sus alumnos y sus clases que no tiene tiempo para otra cosa. Y entonces entendemos la razón de todo, y es que el libro no tiene sentido, ni tan siquiera la trama ni las interpretaciones de la obra, y nos dejamos arrastrar por las palabras, estrellas que marean al observador, millones de ellas que buscan su acomodo en nuestro ojo, que llenan nuestras cuencas vacías de sentimientos y nos lanzan al fulgor nocturno, a una velocidad infinita, la misma que tiene un ciego al que ya no le importe chocarse con nada y que corre por fin libre, indiferente a un universo tan terrible o tan visible.
Alfred Kubin
Otro precursor de Kafka. A ver si despiertas de tu sueño eterno, Franz, y echas de tu templo con cajas destempladas a tanto fariseo con la etiqueta de tu maestro y, ya de paso, te llevas por delante a tanto crítico español experto en Shakespeare o Cervantes, aspirante a gordo judío en calcetines rojos y que, con una pierna apoyada en el antebrazo de su sillón favorito, farfulla un discurso sobre los ángeles bíblicos, sin saber ni siquiera que su existencia está rota, como roto está el botón inferior de su camisa, y cuánta diferencia entre él y el botón desprendido, el escritor al vacío, alejado de la puntada que le haga igual a los demás, que le aparte de la soledad del astronauta que gira y gira en el espacio a tres mil millones de años luz, y que abre mucho los ojos, como se dice que hacen los niños indios de ojos muy negros cuando remueven los escombros y caen rupias enterradas por brahmanes, meteoritos del cielo los llaman, pues así contempla el astronauta las explosiones de las supernovas, y así mira Kafka la lámpara de su habitación, en una oscuridad completa, y es que aunque es un oficinista gris con ojeras y su posición, reclinado sobre la mesa, no cambia durante horas, a su alrededor bailan polillas, el ojo humano no las detecta, seres de luz revolotean alimentándose de sus entrañas para crear un resplandor que parece oscuridad, ¿verdad que sí? Por eso su obra es tan oscura como la galaxia, y su cuerpecillo la antimateria, y por eso casi estamos a punto de preferir al gordo judío neoyorquino, nos da más seguridad con su grasa y sus diez mil libros ordenados en anaqueles que solo limpia su mujer, porque él está tan atareado con sus alumnos y sus clases que no tiene tiempo para otra cosa. Y entonces entendemos la razón de todo, y es que el libro no tiene sentido, ni tan siquiera la trama ni las interpretaciones de la obra, y nos dejamos arrastrar por las palabras, estrellas que marean al observador, millones de ellas que buscan su acomodo en nuestro ojo, que llenan nuestras cuencas vacías de sentimientos y nos lanzan al fulgor nocturno, a una velocidad infinita, la misma que tiene un ciego al que ya no le importe chocarse con nada y que corre por fin libre, indiferente a un universo tan terrible o tan visible.
jueves, 1 de marzo de 2012
Un domingo cualquiera
Yo no puedo hacer la crónica entera, ya que no he podido ver el final de las partidas que quedaban. Solamente decir que después de de mi horrorosa jugada c6??, estoy viendo un tutorial para aprender a jugar al bridge. Para bien o para mal, el bridge me está pareciendo fascinante. Hasta donde yo he visto esta sería la crónica:
Me levanto con dolor de muelas y llego tarde. Por el camino me meto dos nolotiles y releo "Mi familia y otros animales" de Gerald Durrell. La cita inicial del libro es: "Hay un cierto placer en la locura, que solo el loco conoce". Sonrío para mis adentros mientras cierro el libro y entro en un coche que el Nolotil ya ha convertido en una cueva gigante, poblada de enanitos ajedrecistas que corretean y ríen, desafiando al sueño y al destino. Sonrío porque el ajedrez es eso: encontrarle un cierto placer a la locura. Cuando echo la vista atrás, al ajedrez que he jugado, no veo partidas. Ni siquiera combinaciones o posiciones fijas. La clave de por qué seguimos jugando a esto la tiene cada uno en su mirada. Y yo la veo en los ojos febriles de un chaval de quince años, que miraba con intensidad al tablero, como si pudiera tener el control de lo que allí sucede. Ese fulgor lo sigo viendo ahora, aunque la diferencia es que la perspectiva ha cambiado: el placer ahora viene de compartir el caos con el adversario, de simular jugar al escondite con él, de suspender la realidad durante los vaivenes de un reloj universal, cansado de ver cómo sus juguetes se rompen con tanta facilidad.
Entrar en el coche y romper a reír con mis compañeros es instantáneo. Se suceden las bromas sobre el ridículo nombre del equipo contrario: "El Molinillo". Un nombre inocente, de feria de verano y algodón de azúcar rosa, de globos rojos perseguidos por niños de pantaloncitos cortos y polo de los domingos, y de tiovivos impulsados por la furia ciega de la Bruja del Polvo. Lo que yo no sabía era que en esa misma feria imaginaria, un ladrido ya había sacudido la somnolencia de un niño rico, de pelo con raya al lado y jersey de pico. Un niño que despertaba, paseaba la mirada distraídamente por los rincones conocidos de su soledad, y la detenía en el grupo de niños que reían y giraban en el coche de Juan Barrios, ya cansados de intentar atrapar globos rojos.
Los globos rojos se pierden en el cielo y se transforman en la dura realidad de folios en blanco cortados en dos, a modo de planillas. Dejo pasar el tiempo intentando que el límite de las cosas no me imponga existencia, pero da igual. Me doy cuenta de que todos están "pintando" la planilla.
Andrés Ruiz, uno de los pocos a los que el globo rojo le aguantó sin explotar toda la partida, saca la lengua un poco y se aplica a trazar las líneas que separen unos movimientos de otros. Un gesto de concentración en una tarea que no le corresponde, una concentración de sentidos aplicada hasta el detalle más ínfimo, que se verá reflejada en una Larsen fría, inmaculada, no apta para trileros ajedrecísticos como yo, un soplo de aire frío con el que congela las almas de los contrarios. Andrés no gana a sus rivales, los "talla". Su larsen es un buril con el que congela cualquier intento táctico de su rival. Su contrincante es incapaz de distorsionar la armonía de sus piezas, se queda inmóvil porque nadie quiere destruir el David de Miguel Ángel o La Madonna. Porque aunque sean las cinco de la mañana, hayas pasado todas las alarmas, y lleves un martillo pequeño, de los que se utilizan para romper el cristal de una manguera de incendios, y sepas que hasta el golpe más leve lo destruiría porque tu martillito rompe a presión, y estés seguro de que tu acción no es vandalismo sino una declaración intelectual contra el exceso de armonía en el arte, una armonía que hiere a tus ojos, hastiados de contemplar el caos inane que rodea al mundo, no lo destruirías. Llegaría el vigilante a las seis de la mañana y te encontraría allí, una estatua viva, un Lot contracultural deshecho en lágrimas de sal.
Las líneas con las que yo me construí mi propia planilla salieron torcidas, negro presagio de lo que iba a ocurrir. Mi Chigorin salió con fuerza, a mi corcel más brioso no se le pueden poner riendas ni tampoco espolear: va sola. Ventaja en la apertura que mi rival nunca creyó: cada jugada suya era una pregunta más que conducía al final de la línea, al abismo de mi c6 en el que cayó mi yegua, incapaz de detectar cuándo tenía que parar a beber agua, devolver el peón, descansar y cuidarse la muela.
Emiliano también perdió. Su globo rojo estalló con fuerza, e igual que yo, cuando había que pensar para hacer la buena, jugó rápido. Los mismos derroteros siguió Sigmund, que en una Botvinnik metió su torre en séptima cuando aún había muchas piezas en el tablero. Con su flanco de dama abierto, no hubo nada que hacer y se escuchó cómo estallaba el último globo rojo.
Queda por conocer la historia de los héroes, los que empataron la ronda, después de ir perdiendo 3-0 a mitad de la mañana. Aunque yo prefiriría no saberla, porque la verdadera épica muere en el silencio de la lucha. Lo demás es literatura.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
sábado, 5 de noviembre de 2011
Mr Ravioli
When I was young, I invented an invisible friend called Mr Ravioli. My psychiatrist says I don't need him anymore, so he just sits in the corner and reads.
Mary and Max (2009)
martes, 18 de octubre de 2011
Clack
Esta es mi historia, hija de la noche. El epígrafe del señor Burdick a la imagen es: "Su corazón latía desbocado. Estaba seguro de que había visto girar el tirador de la puerta". Él titula su dibujo: "Huésped(es) sin invitación"
Su corazón latía desbocado. Estaba seguro de que había visto girar el tirador de la puerta. Miró a su alrededor. Todo seguía igual. La luz de mediodía se colaba por el tragaluz y descendía con todo su peso por la habitación. Las voces amortiguadas de sus hermanos jugando en el jardín no acallaban sus latidos. Descenso de conjunciones y de pulsaciones. No se puede pensar con sudor frío. Pomo, corazón, duende, príncipe destronado, luz. Un ser sobrenatural detrás del umbral y él pensando como un subnormal. Con palabras sueltas. A veces le ocurría eso. Su madre se lo hizo notar cuando le dijo un día: "Tanto leer y no sabes expresarte cuando viene una vista o tienes que ir a comprar el pan".
Pan, isla del tesoro, señor grande, miedo, voz, temblor, solo. Tomó aire. Ahora demostraría que no tenía miedo. Afrontaría como los héroes de los libros su destino. Se zafaría de las manos de Long John Silver, que se aferraban a su chaqueta como tenazas, lanzaría amarras, abordaría la puerta y confrontaría su destino. Sí, eso haría. En un momento.
Antes quería resolver el enigma. Veamos. Cuando entró a hurtadillas en el sótano había escuchado el sonido amortiguado de una puerta que se cierra con sumo cuidado. Es el mismo sonido que deseas que se mimetice con el silencio de una casa dormida. Lo sabía, le era familiar. Era el sonido que más evitaba y el que más conocía. El sonido que él hacía todas las noches cuando, con el corazón encogido, abría la puerta de su habitación y bajaba las escaleras para devolver a la estantería del salón el libro que había leído.
Le habían prohibido leer libros que no fueran de texto. Sus notas habían bajado. ¿Y qué importaba? Detrás de sus ojeras brillaba la mirada del que tiene un libro y una linterna en las manos y es feliz. Si no fuera por el ruido. Ese ruido que evitaba cada noche lo sentía a cada paso como un nudo en el corazón.
Tras el "clack" de la puerta del sótano, aún llegó a ver cómo un centímetro de abertura se movía buscando la junta y su salvación. Simpatizaba con el que lo había hecho. Era como él. Los dos tenían un secreto y luchaban por guardarlo. Aun así, la simpatía por él no era suficiente. Tenía que saber qué o quién era. Un recuerdo se fue abriendo paso entre las brumas de monosílabos que la tensión le imponía. El circo de hace un mes. O, mejor dicho, la imagen que se le quedó grabada a fuego.
Un día después del cierre había pasado por el sitio en que lo habían montado. No quedaba nada: solo restos de una olla abollada, tirada en el barro, y una enana sentada encima. Gimoteaba en el cieno. La había visto antes el último día del circo. Todos andaban recogiendo. Al titiritero solo le quedaba el muñeco de un mago fláccido, de gorda cabeza y mueca hiriente, por meter en su baúl. Y por mucho que lo intentaba, no lograba reunir espacio para que entrara. Presión sobre sus miembros, tensión y sudor en el hombre, una pierna del mago colgando, revienta un botón de su camisa. Una enana a su lado ríe a carcajadas rojas. El carruaje de su padre aceleró la marcha y ya no pudo ver más. Titiritero. Enfado. Enana. Expulsión. Pérdida. Refugio. Sí, eso era. La habían dejado sola y este era su refugio. Volvería cada mañana, le traería algo de comer y sería su amigo. Claro que vencería el nudo que le impedía moverse y llegar hasta el pomo.
Pero no ahora. Mañana.
Volvió sobre sus pasos y cerró la puerta del sótano con mucho cuidado, evitando hasta el más mínimo ruido. Clack.
Su corazón latía desbocado. Estaba seguro de que había visto girar el tirador de la puerta. Miró a su alrededor. Todo seguía igual. La luz de mediodía se colaba por el tragaluz y descendía con todo su peso por la habitación. Las voces amortiguadas de sus hermanos jugando en el jardín no acallaban sus latidos. Descenso de conjunciones y de pulsaciones. No se puede pensar con sudor frío. Pomo, corazón, duende, príncipe destronado, luz. Un ser sobrenatural detrás del umbral y él pensando como un subnormal. Con palabras sueltas. A veces le ocurría eso. Su madre se lo hizo notar cuando le dijo un día: "Tanto leer y no sabes expresarte cuando viene una vista o tienes que ir a comprar el pan".
Pan, isla del tesoro, señor grande, miedo, voz, temblor, solo. Tomó aire. Ahora demostraría que no tenía miedo. Afrontaría como los héroes de los libros su destino. Se zafaría de las manos de Long John Silver, que se aferraban a su chaqueta como tenazas, lanzaría amarras, abordaría la puerta y confrontaría su destino. Sí, eso haría. En un momento.
Antes quería resolver el enigma. Veamos. Cuando entró a hurtadillas en el sótano había escuchado el sonido amortiguado de una puerta que se cierra con sumo cuidado. Es el mismo sonido que deseas que se mimetice con el silencio de una casa dormida. Lo sabía, le era familiar. Era el sonido que más evitaba y el que más conocía. El sonido que él hacía todas las noches cuando, con el corazón encogido, abría la puerta de su habitación y bajaba las escaleras para devolver a la estantería del salón el libro que había leído.
Le habían prohibido leer libros que no fueran de texto. Sus notas habían bajado. ¿Y qué importaba? Detrás de sus ojeras brillaba la mirada del que tiene un libro y una linterna en las manos y es feliz. Si no fuera por el ruido. Ese ruido que evitaba cada noche lo sentía a cada paso como un nudo en el corazón.
Tras el "clack" de la puerta del sótano, aún llegó a ver cómo un centímetro de abertura se movía buscando la junta y su salvación. Simpatizaba con el que lo había hecho. Era como él. Los dos tenían un secreto y luchaban por guardarlo. Aun así, la simpatía por él no era suficiente. Tenía que saber qué o quién era. Un recuerdo se fue abriendo paso entre las brumas de monosílabos que la tensión le imponía. El circo de hace un mes. O, mejor dicho, la imagen que se le quedó grabada a fuego.
Un día después del cierre había pasado por el sitio en que lo habían montado. No quedaba nada: solo restos de una olla abollada, tirada en el barro, y una enana sentada encima. Gimoteaba en el cieno. La había visto antes el último día del circo. Todos andaban recogiendo. Al titiritero solo le quedaba el muñeco de un mago fláccido, de gorda cabeza y mueca hiriente, por meter en su baúl. Y por mucho que lo intentaba, no lograba reunir espacio para que entrara. Presión sobre sus miembros, tensión y sudor en el hombre, una pierna del mago colgando, revienta un botón de su camisa. Una enana a su lado ríe a carcajadas rojas. El carruaje de su padre aceleró la marcha y ya no pudo ver más. Titiritero. Enfado. Enana. Expulsión. Pérdida. Refugio. Sí, eso era. La habían dejado sola y este era su refugio. Volvería cada mañana, le traería algo de comer y sería su amigo. Claro que vencería el nudo que le impedía moverse y llegar hasta el pomo.
Pero no ahora. Mañana.
Volvió sobre sus pasos y cerró la puerta del sótano con mucho cuidado, evitando hasta el más mínimo ruido. Clack.
Los misterios del señor Burdick
Lanzó con todas sus fuerzas, pero la piedra rebotó de regreso.
Si había una respuesta, él la encontraría allí.
Él la había prevenido sobre el libro. Ahora era demasiado tarde.
La quinta silla terminó en Francia.
En este libro hay imágenes como estas. En cada una de ellas hay un epígrafe que plantea más preguntas que respuestas. La leyenda cuenta que el señor Burdick dibujó las láminas y escribió un cuento para cada una de ellas. Burdick le dijo a su editor que le guardara los dibujos una noche. A la mañana siguiente él mismo le traería los cuentos. Sin embargo, Burdick no apareció ni ese día ni al siguiente ni ningún otro. De esta manera, este libro ha fascinado a generaciones de lectores. Cada uno ha terminado las historias a su manera, creando así cientos de relatos diferentes.
viernes, 14 de octubre de 2011
Ophelia
Yo soy Ofelia. Aquella que el río no contuvo. La mujer colgando de la soga. La mujer con las arterias abiertas. La mujer de la sobredosis. La mujer con la cabeza en el horno. NIEVE SOBRE SUS LABIOS. Ayer por fin dejé de suicidarme. Ahora estoy sola con mis pechos, mis muslos, mi útero. Destrozo el instrumental de mi cautiverio, la silla, la mesa, la cama. Destruyo el campo de guerra que fue mi hogar. Arranco las puertas para que el viento deje entrar al grito del mundo. Destrozo la ventana. Con mis manos sangrantes rompo las fotografías de los hombres que amé y me usaron sobre la cama, la mesa, la silla, el piso. Incendio mi prisión. Tiro mis vestidos al fuego. Arrojo el reloj que fue mi corazón fuera de mi pecho. Salgo a la calle, vestida con mi propia sangre.
Heiner Müller. Hamletmaschine.
lunes, 16 de mayo de 2011
A ciegas: autobiografía sin pudor (II)
Cuando uno llega a un hospital, la dignidad se aparta de ti. Siempre he pensado que nada más llegar, los médicos deberían llevar al paciente a una de esas básculas con las que se pesa la carne al por mayor. El enfermo se tumbaría en una camilla en posición fetal, y los médicos y las enfermeras se encargarían de envolverlo en montañas de papel periódico y de cargarlo a todas partes. El abandono de uno mismo, la fragilidad de la carne ante el contacto del frío metal y el miedo a que un conjunto de extraños zarandeen tu cuerpo y hurguen en él se convierten en lo único real. El alma desaparece cuando ve un hospital. Hasta las dos palabras parecen alejarse en mi última frase, como si no quisieran saber nada la una de la otra. Lo único que hay es carne, una carne temblorosa que grita culpa y que llora cuando no la ve nadie. Cada uno tiene sus propios mantras para sobrellevar todo esto; el mío siempre ha sido mirar a las cosas fijamente, esperando a que cambien. Es como si con un gesto cortés les diera una oportunidad para que se transformaran en algo diferente, como si alargar el tiempo entre parpadeo y parpadeo fuera mi ultimátum hacia ellas. Es entonces cuando todo se ríe de ti y empieza el baile de lo grotesco.
EL BAILE DE LO GROTESCO
Día 1 Estoy jugando al squash con mis amigos Helen y Santiago. Me doy un golpe con la pared y noto un dolor en la espalda. Palpo un momento el lugar y me doy cuenta de que hay un bulto. Sigo jugando y me olvido.
Día 2 Han pasado ya varias semanas y decido ir al médico, confiando en que sea una fístula, algo pueril y no muy grave. Voy con mi padre. El médico murió hace unos treinta años, calculo. Por supuesto, su cuerpo esquelético sigue ahí diciendo tonterías que no entiendo. La boca emite sonidos. Su bolígrafo también, aunque el tacto oblicuo de la tinta sobre el papel indica nerviosismo, incapacidad, longevidad inútil. Su español no es malo, pero demasiado castellano. Es la reencarnación de una gigantesca meseta franquista, moviéndose como el bosque de "Macbeth", dando órdenes sin sentido sobre la colocación del cuerpo y haciendo chistes que evitan el silencio. Sus bromas me recuerdan a "El Jarama". Por edad podría haber estado allí, en el picnic de domingueros, tomando limonada y viendo cuerpos flotantes. Supongo que de allí le vino su fascinación por la muerte y el cuerpo. Paro mi pensamiento y rompo a escuchar:
"... es algo extraño. Podría tratarse de una fístula, pero la propia textura parece indicarnos otra cosa. Habrá que hacer pruebas y...".
Huele como habla. Es una colonia de estas de cuando salían hombres de verdad, triunfaba el orden y las enfermedades eran fáciles de diagnosticar. El hombre parece una caricatura de un médico franquista, ramplón y advenedizo, de los que parece que nacieron para medrar en esa época. Me recuerda a "Maus", cuando el escritor no sabe cómo representar a su padre porque es como la caricatura de un judío avaro y huraño.
"... voy a mandar una biopsia por precaución y...".
Día 3 Voy a un hospital, no me acuerdo del nombre. Todos son iguales. Siento el mayor dolor que jamás haya sentido. Casi me desmayo. Con el dolor pasa algo raro: cuando llega firmarías la muerte, pero cuando desaparece no firmarías la vida. Hay algo que está dentro de ti que se lleva el dolor, y que la vida no te devuelve.
Día 4 Al menos el dolor te puede llevar a otra realidad más trascendente y a conocer más a tu verdadero "yo", ¿quién sabe? La consulta al médico del NODO es un baño de "tú". Entro con mi padre, por orden expresa del médico... Las otras veces se quedaba en la sala de espera. Volvemos a asistir a la exhibición de fuerza moral, integridad, medallas por todos los lados y español de los 50 de nuestro médico favorito. El médico me dice que tengo cáncer de piel.
Día 5 Error de diagnóstico...
Continuará...
EL BAILE DE LO GROTESCO
Día 1 Estoy jugando al squash con mis amigos Helen y Santiago. Me doy un golpe con la pared y noto un dolor en la espalda. Palpo un momento el lugar y me doy cuenta de que hay un bulto. Sigo jugando y me olvido.
Día 2 Han pasado ya varias semanas y decido ir al médico, confiando en que sea una fístula, algo pueril y no muy grave. Voy con mi padre. El médico murió hace unos treinta años, calculo. Por supuesto, su cuerpo esquelético sigue ahí diciendo tonterías que no entiendo. La boca emite sonidos. Su bolígrafo también, aunque el tacto oblicuo de la tinta sobre el papel indica nerviosismo, incapacidad, longevidad inútil. Su español no es malo, pero demasiado castellano. Es la reencarnación de una gigantesca meseta franquista, moviéndose como el bosque de "Macbeth", dando órdenes sin sentido sobre la colocación del cuerpo y haciendo chistes que evitan el silencio. Sus bromas me recuerdan a "El Jarama". Por edad podría haber estado allí, en el picnic de domingueros, tomando limonada y viendo cuerpos flotantes. Supongo que de allí le vino su fascinación por la muerte y el cuerpo. Paro mi pensamiento y rompo a escuchar:
"... es algo extraño. Podría tratarse de una fístula, pero la propia textura parece indicarnos otra cosa. Habrá que hacer pruebas y...".
Huele como habla. Es una colonia de estas de cuando salían hombres de verdad, triunfaba el orden y las enfermedades eran fáciles de diagnosticar. El hombre parece una caricatura de un médico franquista, ramplón y advenedizo, de los que parece que nacieron para medrar en esa época. Me recuerda a "Maus", cuando el escritor no sabe cómo representar a su padre porque es como la caricatura de un judío avaro y huraño.
"... voy a mandar una biopsia por precaución y...".
Día 3 Voy a un hospital, no me acuerdo del nombre. Todos son iguales. Siento el mayor dolor que jamás haya sentido. Casi me desmayo. Con el dolor pasa algo raro: cuando llega firmarías la muerte, pero cuando desaparece no firmarías la vida. Hay algo que está dentro de ti que se lleva el dolor, y que la vida no te devuelve.
Día 4 Al menos el dolor te puede llevar a otra realidad más trascendente y a conocer más a tu verdadero "yo", ¿quién sabe? La consulta al médico del NODO es un baño de "tú". Entro con mi padre, por orden expresa del médico... Las otras veces se quedaba en la sala de espera. Volvemos a asistir a la exhibición de fuerza moral, integridad, medallas por todos los lados y español de los 50 de nuestro médico favorito. El médico me dice que tengo cáncer de piel.
Día 5 Error de diagnóstico...
Continuará...
jueves, 21 de abril de 2011
A ciegas: autobiografía sin pudor
Cuando era un estudiante de primero de económicas y sabía que no quería estar ahí, me refugié en la literatura sin brújulas ni guías. Apenas pasaba por la facultad y me iba a la biblioteca de al lado de mi casa a leer. La disciplina que seguía era férrea: un libro al día si bajaba de las trescientas o cuatrocientas páginas, o en su lugar dos novelas cortas o la mitad de un clásico decimonónico. La jornada empezaba a las diez y terminaba a las ocho. Fue una solución completamente lógica al muro que se empezaba a construir a mi alrededor: una planta enredadera por la que trepar a las alturas con el corazón encogido y la mirada puesta en el suelo.
La solución de mis padres de tirar por la calle de en medio, tras mi ilógico abandono de matemáticas,(siempre me han encantado), me condujo a una carrera que odiaba. Mi conversión en una Matilda de dieciocho años chocó con el mundo con estrépito de cristales. El mundo es una apisonadora y las bibliotecas son no-lugares: cementerios de mentes a los que se va a llorar y a ocultar la desgracia de la vida. El verdadero lector no escribe nada, porque ni siquiera sabe cómo rellenar la cuartilla de su vida. Es un fantasma: no ensucia nada de lo que toca ni se arriesga a entrar en el juego. Se contenta con trepar con los ojos cerrados y pensar que, cuando los abra de nuevo, todo va a ser diferente. Aun así, hay una chispa que todo lector de verdad tiene.
Al mirar atrás, la veo en los ojos febriles de un chico de dieciocho años, al que no le importaba tener los ojos cansados, o que ya fuera la hora de volver a casa a fingir un día normal de estudio y de sociabilidad. A diferencia de Matilda yo trituraba los libros, los asfixiaba con mis lecturas insaciables y creía poder acorralarlos en un rincón, llamarlos súbditos y sentirme rey de mi pequeña ínsula de fantasía. Los días se llamaban Los demonios, Guerra y paz, Rojo y Negro, La taberna errante...
¿Continuará?
La solución de mis padres de tirar por la calle de en medio, tras mi ilógico abandono de matemáticas,(siempre me han encantado), me condujo a una carrera que odiaba. Mi conversión en una Matilda de dieciocho años chocó con el mundo con estrépito de cristales. El mundo es una apisonadora y las bibliotecas son no-lugares: cementerios de mentes a los que se va a llorar y a ocultar la desgracia de la vida. El verdadero lector no escribe nada, porque ni siquiera sabe cómo rellenar la cuartilla de su vida. Es un fantasma: no ensucia nada de lo que toca ni se arriesga a entrar en el juego. Se contenta con trepar con los ojos cerrados y pensar que, cuando los abra de nuevo, todo va a ser diferente. Aun así, hay una chispa que todo lector de verdad tiene.
Al mirar atrás, la veo en los ojos febriles de un chico de dieciocho años, al que no le importaba tener los ojos cansados, o que ya fuera la hora de volver a casa a fingir un día normal de estudio y de sociabilidad. A diferencia de Matilda yo trituraba los libros, los asfixiaba con mis lecturas insaciables y creía poder acorralarlos en un rincón, llamarlos súbditos y sentirme rey de mi pequeña ínsula de fantasía. Los días se llamaban Los demonios, Guerra y paz, Rojo y Negro, La taberna errante...
¿Continuará?
martes, 15 de marzo de 2011
Outsomnio
En un aeropuerto un personaje se debate entre arruinarle la vida al escritor y caer dormido, o proseguir con ese estado de insomnio que le persigue desde hace tres días, desde el momento en que fue creado para contar una vida que no recuerda haber tenido.
Lo primero que sintió fue la aparición de un abrigo que colgaba de la nada que era él (pg 2), que dio paso a un rostro rubicundo y enérgico, propio de Césares, regidores de imperios (pg 3, escritor fisonomista). Nada más mirarse en un espejo de la luminosa y excesivamente pulida terminal 1 le entró una vergüenza terrible, y nervioso miro hacia los lados para ver si alguien se había dado cuenta de que sólo era una cabeza envuelta en un abrigo. Afortunadamente, el escritor no daba importancia a los personajes secundarios y pudo pasar desapercibido, aunque le quedó para siempre el tic de echar una mirada por el rabillo del ojo, para observar la reacción que producía en los demás.
Después de un par de páginas, se tuvo que sentar en un banco del aeropuerto. Se estaba mareando y no era para menos: le había tocado en desgracia un libro compuesto de monólogo interior. La cabeza le daba vueltas, no podía ponerla en blanco como hacían los demás personajes, debía estar siempre en funcionamiento, relacionando cosas, conectándolas con recuerdos...
Descubrió tener bufanda cuando se le cayó y la tuvo que recoger (pg 5, el escritor no precisó recogerla con las manos y el pobre tuvo que inclinar la cabeza a ras de suelo, morderla y levantarla), y una pierna nació cuando el narrador decidió hacerla oscilar siguiendo el ritmo de una melodía de organillo que venía de lejos.
En el asiento de al lado descubrió un reloj de cadena que no había visto antes (pg 7).
Le gustaba, era redondo y pesado, y cuando con la mano derecha -recién llegada a la escena- le fue quitando la herrumbre y descubrió que era de un dorado débil, con olor a vida pasada y a una historia que contar, la cabeza le volvió a doler, esta vez atrozmente. Al parecer (pgs 8 a 18), el reloj le recordaba a una vieja tía suya a la que nunca había visto, y a muchos domingos de té y dominó, en donde el ladrido de un perro había sacudido su somnolencia de niño rico de pelo con raya al lado y jersey de pico, para convertirla gradualmente otra vez en la pesada espera de otro ladrido.
No podía seguir aguantando más en esa habitación llena de candelabros y de cajitas de música con bailarinas dentro, que váyase usted a saber qué clase de recuerdos o de pensamientos entrecruzados le provocarían.
Descubrió algo. Antes había logrado pensar por sí solo. Sí, en la página 7, justo antes de las reuniones de su tía con amigas de cara avinagrada y reproches múltiples. Justo cuando dijo "Le gustaba, era redondo y pesado". Eso era real. Debía concentrarse en el reloj. Redondo y pesado. Sí, podía pensar. Redondo y pesado. Sueño. Somnio. Antes había sido nombrado como insomne (pg 6) Redondo y pesado. Pero ¿qué era el insomnio? Redondo y pesado. Dentro del sueño ¿Por qué entonces significaba carencia de sueño? Redondo y pesado ¿No sería más lógico outsomnio, fuera de sueño?
Gmail: la fragmentación del "yo"
Los cuentos de hadas glaciales quedan bien en programas de películas o en solapas de libros, pero luego son muy difíciles de plasmar...
La inacción es parte del pensamiento.
Yo enseño mi verdad y molesta, pero sólo contiene un poco de cieno. Los demás la esconden y están podridos.
1+1=1 (una gota sumada a otra gota no hacen dos gotas sino una gota más fuerte).
La acción que provoca alguien que piensa, o sea, la acción que provoca la inacción sólo puede llevar un mensaje a los que pueden estar destinados a pensar, no a todos. Y eso en el supuesto más favorable.
Los demás caen en el olvido.
A veces vemos cualidades en los demás para no ver las propias por miedo a que nos conviertan en algo diferentes a lo que ya somos.
Es que depende de varias cosas: por eso he dicho que hay dos fangos. Es una cuestión de naturalezas. Si debido a tu naturaleza estás hecho de fango, por supuesto has de adentrarte en él, elevarte, conocerlo, superarte a través de él...
No puedes evitar tu naturaleza, nadie puede; el fango no te hace diferente porque tú ya eres diferente, son dos realidades indisociables...
Sin embargo, si el fango es una construcción temporal, algo pasajero que coincidió con un período de tu vida es que estás haciendo algo mal. Huye y no mires atrás: porque esa no es tu naturaleza, y mejor mudar de piel hasta al final encontrarla.
No te regodees nunca en un fango que no sientas tuyo: es una trampa de tu mente, una más para soliviantar la frustración de no sentirte pleno, de no conocerte y de ni siquiera saber en dónde está tu fango y tu naturaleza.
Todos llevamos pequeñas cosas escondidas que responden a tu pregunta de ¿quién eres? Pequeños resortes que dibujan nuestra personalidad aunque sólo sea como un hoja mirada al trasluz: sólo es la sombra de nosotros, pero esas sombras han pasado de ser un reflejo de lo que éramos, y de un simple apunte han llegado a ser realmente nosotros.
Todo tan gris, tan aplastado por la especialización, por el hecho de elegir, por la miseria de España que siempre creyó y creerá en dos bandos: cuando para ser bueno en letras has de saber programar y por ejemplo saber de lingüística computacional, o en antropología de fórmulas matemáticas. Todo aplastado porque nos metieron en un molde destructor, en la universidad: esa empresa de pompas fúnebres del pensamiento.
martes, 4 de enero de 2011
Genitivo en sueños
Pequeños muelles de payasos descabezados, angustia en lienzos de rombos a cuadros, geometrías perfectas del delirio, estupefacta línea del vacío, aristas de dolor en piedra, el cieno del alma en gárgolas negras, la extrañeza en la mano sin compás, la perfección en la aritmética del desastre: sepulcros de mi despojo, puntiagudas cúspides de un sueño.
miércoles, 27 de octubre de 2010
Espera
Rozas la campana que separa el sonido de tus sueños y palpas la sábana que te ofrece sudor por vida. Y esperas. Tus miembros en tensión forman un bloque del que ya nada se escapa, y el silencio se hace lenguaje, sobrevuela tu cuerpo y se concentra en tu respiración rebelde. Aire sobre llama. Los dos se desvanecen.
martes, 26 de octubre de 2010
Vida y miedo
Vida. La música callada de una luz que se apaga e intenta morir en compañía. Miedo. Es el miedo lo que nos inmoviliza: nos aturde el silencio de mirar fijamente a un sitio y no llorar. Niños muertos en bañeras secas. Siempre hemos sido eso. Muertos de tanto escuchar la música del miedo.
martes, 5 de octubre de 2010
Muerte de un buitre

Apareciste al fondo del camino y todo volvió a nacer contigo. Llevabas tu alma de hombre derrotado y la arrastrabas como un fardo a través del polvo, sin importarte nada ni nadie. Estabas tan solo que parecías el único hombre del mundo, y tus huellas caían ligeras, suaves, apuntando tu presencia. Te seguí durante más tiempo del que recuerdo, concentrado en el espacio que ibas dejando, y que yo recogía hasta volverte a colocar allí, en un recuerdo futuro.
Me fui quedando ciego. No me importaba. Sabía que si no fijaba la vista en ti, si mis pupilas no temblaban del esfuerzo al intentar enfocarte para siempre, no recordaría nada. Los buitres nunca recuerdan nada. El esfuerzo había merecido la pena. Ya era ciego, pero en mi interior, agrupado bajo un confuso manto de colores aparecías tú, casi parado al pie de la loma, encorvado y sin saber qué hacer con los brazos, buscando algo que ya no sabías lo que era, algo más antiguo que el desierto y tu vieja alma.
Desde que me quedé ciego comprendí que hablábamos el mismo lenguaje, que tú también has nacido para vivir con los muertos y no con los vivos. Tu naturaleza igual a la mía era mi brújula a través de un desierto inmaculado. Llegó un momento en el que no te sentí. Al principio pensé que el dolor intenso que laceraba mis ojos y que me había perseguido desde que me quedé ciego se había agudizado y había afectado a mis otros sentidos. Pero no, allí estaban tus huesudas manos aferrándose a mi cuello, resbalando entre sudor, carne y odio. Odio. Durante un tiempo no pude sentir nada a pesar de que seguía oyendo cómo intentabas que mi cuello crujiera y emitiese el chasquido final.
Estaba paralizado, notaba cómo tus palpitantes manos gritaban la palabra odio a través de mi cuerpo y el desierto mudo miraba para otro lado.
Tuve que reaccionar. Revolviéndome empecé a picotear alrededor encontrando arena y carne, abriendo heridas para intentar cerrar las mías. Logré zafarme de ti que caíste al suelo rígido de dolor.
No nos movimos durante días. Le puse tu recuerdo a mi ceguera.
Las pisadas de un hombre nos sacaron del letargo. Cuando llegó a nuestra posición habló un tiempo contigo.
Dejé vagar mi mirada ciega entre los sonidos.
Nuevas pisadas se llevaron al hombre. No me quedaba mucho tiempo antes de morir a manos de un extraño. En el timbre de tu voz detecté mentira. No importa ya. No has entendido nada. Tu naturaleza funde la vida a través de la muerte y no al revés. Como la mía. Concentrado en el punto rojo que debía ser tu cabeza tomé impulso. Me lancé e incrusté mi pico en tu boca.
No concibo una muerte más hermosa. No para un buitre.
lunes, 8 de marzo de 2010
Gischt

Heute habe ich Jose angerufen. Kein Antwort. Vor zwei Tage habe ich Jose ein e-mail geschrieben. Kein Antwort auch. Keine Nachrichten von einem anderen Freund: Charlo.
Die Leute leben in verschiedenen Zeiten. Diese Zeiten sind wie Wellen. Jede Welle besorgt nur für ihre selbst und warte auf den Tod zu kommen. Das sind Wellen mit Türe: durchsichtige Türe aber du kannst selten in sie eintreten.
Ätherische Türe, manchmal eintritst du in unrightige Orte weil es kein Türklopfer gibt!! So sind die Menschen, wie unsichtbare Wellen die Dunkelheit suchen um von den anderen Menschen zu verstecken. Egal dass jede Welle ihre Weg mit anderen mitteilt. SchlieBlich gibt es nur Gischt. Gischt der Augenblicke. Wir haben immer geglaubt an Blödsinne wie: Das Leben ist wie die Wellen in einer ewige Strömung... und wir haben vergessen dass das Leben ist!!
Ich möchte zu mir schreien: es gibt nichts!! aber ich weiss schon dass noch das Echo Dasein besitzt. Überstehen bedeutet nichts wenn du Gischt bist. Jeden Augenblicke bemerkst du die Kontakt mit dem Fels, die Erosion mit deiner empfindlichen Haut tut weh und alle dein Schmerz ist vergebens... da der See ungeheuerlich ist.
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